La música mexicana volvió a resonar con fuerza en el escenario internacional. En la edición 68 de los Premios Grammy, la compositora mexicana Gabriela Ortiz hizo historia al ganar tres estatuillas gracias a su álbum Yanga, una obra que celebra la identidad, la memoria y la resistencia a través de la música clásica contemporánea.
El álbum Yanga, interpretado por la Filarmónica de Los Ángeles (LA Phil), el Ensamble Tambuco y bajo la dirección de Gustavo Dudamel, fue reconocido como Mejor compendio clásico, Mejor interpretación coral y Mejor composición clásica contemporánea, consolidando a Ortiz como una de las figuras más relevantes de la música académica actual.
En palabras de Dudamel, “Yanga simboliza poderosamente la fuerza y la resistencia de quienes luchan por la libertad, y ofrece un recordatorio de la perdurable lucha contra la opresión que continúa hasta nuestros días”. Además, destacó que “a través de una rica mezcla de instrumentos africanos, cantos tradicionales y ritmos afrolatinos, Ortiz crea un paisaje sonoro que captura el espíritu de la resistencia, junto con su inquietante y sobrenatural Dzonot”.
Uno de los puntos clave del álbum es precisamente Dzonot, un concierto para violonchelo inspirado en los cenotes de la península de Yucatán, encargado por LA Phil y escrito especialmente para la reconocida violonchelista Alisa Weilerstein. Esta obra fue la que le valió a Ortiz el Grammy a Mejor composición clásica contemporánea.
Un triunfo con raíces profundas
La noticia fue celebrada por la propia compositora en redes sociales, donde compartió su emoción por obtener este reconocimiento por segundo año consecutivo. Ortiz dedicó el Grammy “a la música, por reconectarnos con nuestras raíces y nuestras emociones más profundas, y por darnos una voz en el mundo”.
También expresó la carga emocional detrás del proyecto al señalar que “Yanga está muy cerca de mi corazón. Viene de mis raíces, de la memoria, y de una profunda creencia de que la música puede llevar historia, dignidad y esperanza. Estoy profundamente agradecida a la Filarmónica de Los Ángeles y a Gustavo Dudamel por su confianza y generoso apoyo a mi trabajo”.
Nacida en la Ciudad de México en 1964, Gabriela Ortiz cuenta con una sólida formación musical: estudió composición en la Escuela Nacional de Música de la UNAM, fue discípula de Federico Ibarra y Mario Lavista, y posteriormente continuó su preparación en Londres gracias a becas del Consejo Británico y de la propia UNAM. Actualmente, participa en importantes residencias europeas durante la temporada 2025–26 con instituciones como la Filharmonia Orchestra, el Concertgebouw y el Palau de la Música Catalana.
Más allá de los premios, su música destaca por una fusión poderosa entre lo académico, lo folclórico, el jazz y las expresiones vernáculas, reafirmando que ser mexicana no es solo un origen, sino una identidad que se lleva y se defiende desde el arte.
La ópera también quiere romper barreras
Mientras Gabriela Ortiz triunfa en los grandes escenarios internacionales, en México otros artistas buscan transformar la relación del público con la música clásica. El tenor Oskar Guiot ha apostado por llevar la ópera a espacios cotidianos para romper con la idea de que se trata de un género elitista.
Guiot, quien decidió cantar ópera formalmente en 2023, ofrece conciertos interactivos donde explica arias, contextos y emociones. Su próximo concierto será el 12 de febrero en Coatepec, con el objetivo de acercar este género a nuevos públicos. Como él mismo afirma: “La gente cree que necesita entender italiano, pero la ópera se siente”.
Con historias como las de Ortiz y Guiot, queda claro que la música clásica mexicana vive un momento de expansión, orgullo y transformación, tanto dentro como fuera del país.